La escalada complica las negociaciones mediadas por Pakistán y pone en duda el manejo del uranio enriquecido.
Donald Trump intensificó su presión sobre Irán en una serie de mensajes y declaraciones públicas entre el 10 y el 26 de mayo, calificando la última oferta iraní de “totalmente inaceptable” y exigiendo garantías de desnuclearización a largo plazo. El mandatario también afirmó que las reservas de uranio enriquecido serán entregadas a Estados Unidos para su repatriación o destrucción. Desde Teherán, un portavoz militar advirtió de “consecuencias aún más contundentes” si Washington actúa contra Irán. Los contactos, mediadas por Pakistán, siguen en curso pero sin fecha clara para una nueva reunión cara a cara.
La disputa sobre el alcance del acuerdo —desde la gestión del uranio enriquecido hasta exigencias de un plan de desnuclearización de dos décadas— redefine las posibilidades de un alto el fuego duradero y la reapertura del estrecho de Ormuz. La exigencia de Washington choca con la necesidad en Irán de que cualquier pacto reciba el aval del líder supremo, lo que agrega una capa política interna decisiva. Si no se cierran esos puntos, las negociaciones mediadas podrían fracasar y reactivar tensiones militares en la región.
El presidente estadounidense mantuvo una línea intransigente sobre el contenido del posible acuerdo y rechazó la última propuesta iraní, que calificó de inaceptable en mensajes públicos. Desde el Despacho Oval y sus redes sociales insistió en que solo firmará un pacto “grande y significativo” distinto del acuerdo de 2015. Esa postura ha endurecido el calendario y, según sus palabras, pone al alto el fuego en una situación crítica. La presión pública del mandatario busca marcar el umbral negociador que considera indispensable.
““Acabo de leer la respuesta de los supuestos ‘representantes’ de Irán. ¡No me gusta nada! ¡Es totalmente inaceptable!””— Donald Trump
Además de rechazar la oferta, el mandatario fijó demandas operativas sobre el arsenal iraní: afirmó que las reservas de uranio enriquecido serán entregadas a Estados Unidos para ser repatriadas y destruidas, o destruidas “in situ” con supervisión. No ofreció detalles técnicos ni el mecanismo de verificación, y vinculó el procedimiento a la presencia de un ente atómico que actúe como testigo. Esa exigencia añade un elemento logístico y de soberanía que Irán deberá negociar con cautela.
““El uranio enriquecido (¡polvo nuclear!) será entregado de inmediato a los Estados Unidos para ser repatriado y destruido o, preferiblemente —en conjunto y en coordinación con la República Islámica de Irán—, destruido in situ o en otra ubicación aceptable””— Donald Trump
Desde Teherán, la reacción oficial fue de advertencia y rechazo a las amenazas directas. El portavoz de las Fuerzas Armadas sostuvo que, si Washington materializa acciones hostiles, Estados Unidos sufriría “consecuencias aún más contundentes” y que las fuerzas iraníes podrían abrir nuevos escenarios ofensivos. Esa respuesta refuerza el tono beligerante y muestra que Irán busca disuadir cualquier intento de intervención unilateral. El intercambio eleva el riesgo de escaladas accidentales mientras persisten las negociaciones indirectas.
““consecuencias aún más contundentes””— Abolfazl Shekarchi
En la cúpula política iraní hay límites formales: el presidente Masud Pezeshkian ha señalado que cualquier acuerdo debe obtener el visto bueno del líder supremo, lo que traslada decisiones clave fuera del ámbito exclusivo del Ejecutivo. Esa condición implica que incluso si se acuerdan aspectos técnicos, la ratificación final podría demorarse o modificarse. El requisito complica los plazos y hace depender el resultado de consideraciones internas iraníes más que de las negociaciones bilaterales.
La Casa Blanca ha expresado optimismo público sobre el cierre rápido del pacto y fuentes vinculadas a la administración señalaron que confían en concretarlo en los próximos días, aunque admiten que quedan detalles por pulir. Al mismo tiempo, filtraciones a la prensa han señalado que el acuerdo podría abrir el estrecho de Ormuz y aliviar sanciones, pero dejar parte del dossier nuclear para una fase posterior, generando críticas políticas internas. Esa combinación de urgencia diplomática y presión doméstica condiciona el ritmo de las negociaciones.
Existe un choque entre versiones sobre elementos esenciales del supuesto pacto: mientras el presidente Trump aseguró que Irán entregaría su uranio enriquecido para ser destruido, Teherán afirmó que un acuerdo no es inminente y no confirmó detalles sobre la repatriación del material. Además, hay discrepancias en el calendario y en si el dossier nuclear quedará para una fase posterior, lo que ha provocado críticas de sectores políticos en Estados Unidos.
El próximo hito será la posible reanudación de una ronda presencial mediada por Pakistán o la presentación de un mecanismo verificable para el manejo del uranio, incluido el rol de una comisión atómica como testigo. Si esos puntos no se aclaran en los próximos días, el alto el fuego podría debilitarse y la diplomacia volverá a enfrentar una ventana crítica.