Países del Golfo adquieren y prueban sistemas láser para enfrentar drones y reducir dependencia de proveedores tradicionales.
La semana pasada observadores de inteligencia abierta ubicaron en el aeropuerto de Dubái un sistema láser de diseño chino, que se sumaría al Iron Beam israelí que Israel habría prestado a Emiratos Árabes Unidos; los emiratíes, además, intentan comprar un sistema estadounidense y han firmado acuerdos con empresas europeas y de EE. UU. para desarrollar capacidad propia. Informes de finales de 2025 sitúan también a Omán como comprador de láseres chinos, mientras Arabia Saudita prueba el sistema Silent Hunter y Qatar evalúa componentes del sistema turco Steel Dome tras un ataque a su capital.
La demanda se explica por la madurez tecnológica, la proliferación de drones y la lógica económica de defensa: especialistas como Jared Keller, editor del boletín Laser Wars, señalan que derribar un dron barato con misiles resulta insostenible, y fabricantes afirman que cada disparo láser cuesta entre tres y cinco dólares; el mercado de armas de energía dirigida podría valer 60.000 millones de dólares en 2027. Al mismo tiempo, las armas láser enfrentan limitaciones técnicas: el alcance es acotado (las unidades Iron Beam cubren unos 10 km) y su eficacia se reduce por polvo, humedad, calor o necesidad de mantener el haz sobre el objetivo, y la Fuerza Aérea israelí ha dicho que harían falta decenas de baterías para cobertura efectiva.
El próximo hito es la decisión sobre compras y despliegues: los países del Golfo siguen evaluando adquisiciones de distintas fuentes, pruebas operativas continúan y altos mandos de defensa de EE. UU. han anunciado que planean contar con armas láser en mayor escala dentro de tres años, por lo que las alianzas industriales y las pruebas climáticas en la región definirán si estos sistemas pasan de herramientas complementarias a componentes permanentes de sus capas de defensa aérea.