Estreno que busca atraer a nuevas audiencias mientras divide opiniones sobre su ambición, tono y dependencia de efectos.
Jon Favreau lleva a la pantalla grande Star Wars: The Mandalorian and Grogu, que se estrenó en salas a fines de mayo y sitúa de nuevo a Din Djarin (Pedro Pascal) y su protegido Grogu en misiones por el Outer Rim. La película empalma con la serie: el Mandaloriano debe capturar a un excomandante imperial y, de paso, rescatar a Rotta the Hutt, interpretado por Jeremy Allen White, mientras Sigourney Weaver aparece como una oficial de la Nueva República.
Favreau dijo que la prioridad fue invitar a una nueva generación a sentir la maravilla de Star Wars, y la película apuesta por secuencias espectaculares, criaturas grandes y más tiempo de pantalla para efectos y miniaturas. Mientras algunos espectadores y reseñas locales la celebran como un entretenimiento eficaz y nostálgico —un “placer sin culpa”—, otras voces la critican por ser desordenada, demasiado violenta y dependiente del CGI, y por no elevar las apuestas dramáticas más allá de una trama de rescate.
El próximo hito será la reacción del público y la taquilla en su primer fin de semana, que medirá si la película cumple el objetivo de Favreau de renovar audiencias; al mismo tiempo, llega en pleno recambio de liderazgo en Lucasfilm tras la salida de Kathleen Kennedy, un contexto que hará que el éxito comercial y la respuesta en salas influya en la dirección futura de la franquicia.