El estudio aporta evidencia estadística de un intercambio evolutivo que explica un rasgo icónico y guía nuevas búsquedas fósiles.
Un estudio publicado el 20 de mayo en Proceedings of the Royal Society B concluye que los diminutos brazos del Tyrannosaurus rex responden a una compensación evolutiva: el crecimiento progresivo del cráneo. La investigación, liderada por el doctorando Charlie Roger Scherer del Department of Earth Sciences de University College London, analizó las extremidades delanteras y los huesos del cráneo de 85 especies de dinosaurios y desarrolló una escala para cuantificar la resistencia craneal; en esa clasificación el T. rex quedó en el primer lugar. Los autores recuerdan que los adultos más grandes podían superar los 12 metros de longitud mientras sus brazos medían alrededor de 90 centímetros.
El equipo detectó la misma tendencia en cinco grupos distintos de carnívoros bípedos —tyrannosáuridos, ceratosáuridos, megalosáuridos, abelisaúridos y carcharodontosáuridos— y mostró que la reducción de las extremidades se produjo por vías distintas según la línea: algunos acortaron primero los dedos y otros el antebrazo. Paleontólogos externos como Stephan Lautenschlager (University of Birmingham), Steve Brusatte (University of Edinburgh) y Andre Rowe (University of Bristol) señalaron que el hallazgo refuerza la idea de un intercambio energético: invertir en mandíbulas y fuerza de mordida fue más eficaz para abatir presas grandes que mantener brazos largos.
Scherer admitió que los brazos debieron tener alguna función pero que todavía no está clara, y los autores esperan descubrirla con trabajo adicional; en lo inmediato, el estudio plantea preguntas sobre la variación entre linajes y orienta nuevas búsquedas fósiles y análisis biomecánicos para precisar por qué la cabeza sustituyó a las garras como arma principal.